Arthur Cravan: el poeta boxeador

Arthur Cravan: el poeta boxeador, sobrino de Oscar Wilde... Una vida de luces y de sombras, de genialidad, de misterio. Un hombre que peleó contra todo y contra todos. Una vida apasionante, sin duda

Si de vidas apasionantes hablamos, la de Arthur Cravan ocuparía un lugar destacado entre todas ellas. ¿Quién fue Arthur Cravan? Él mismo se definía como embustero, provocador, descarado, ratero, sobrino de Oscar Wilde, viajero compulsivo, poeta, ladrón, ex campeón de boxeo en Francia... Y a lo que agregaríamos, por qué no, ¿escapista? Su vida está llena de luces y de sombras. Y también de muchas impreciosiones. Fue el primero en realizar una revista escrita, editada y financiada por él mismo, adelantándose varios años a la idea que luego daría origen a los fanzines y, a pesar de no haber escrito ningún libro, se ha ganado su lugar de privilegio en la historia de la literatura.

 

Sobrino de Oscar Wilde, con quien mantenía un escrupuloso parecido físico, Fabian Avenarius Lloyd (1887-¿1918?), más conocido como Arthur Cravan, fue una figura extraña y singular de las vanguardias históricas. No fue miembro numerario de ningún movimiento en concreto, pero fue un precursor avant la lettre del dadaísmo y el surrealismo, cuyos fundadores han reivindicado su meteórico y polémico legado. La misteriosa desaparición de Cravan en 1918, en la bahía del Golfo de México, ha magnificado su leyenda hasta hacerla parte del mito fundacional del arte del siglo XX.

 

Con dieciséis años este aspirante a todo el género humano se le quedaba pequeño, así que empezó a recorrer él mismo su propio camino. Un sendero trazado por la necesidad constante de ser apátrida, de ser ciudadano del mundo y exiliado de muchos territorios («Quisiera estar en Viena y en Calcuta / Tomar todos los trenes y navíos», dejó escrito). Esta temprana odisea le llevó por más de diecisiete países, y a ejercer  los más  variopintos  oficios:  pastor  de rebaños  en Australia; leñador en Canada; chófer en Berlín; recolector de naranjas en California; fogonero en un barco; declamador en Central Park; conferenciante en París y Nueva York (conferencias en las que, en muchas ocasiones, acudía la policía porque nuestro protagonista se desnudaba mientras soltaba una filípica de lenguaje procaz en un auditorio poco familiarizado con ese tipo de boutades).

 

Entre 1912 y 1915 editó la revista Maintenant, de la cual publicó 5 números. Él mismo se encargaba de venderla personalmente por las calles de París con un carrito de verduras, y en el hipódromo mediante una férrea publicidad en carteles en el boulevard Saint Michel. Todos los artículos publicados en esos 5 números eran suyos, escritos bajo diferentes seudónimos.

 


Ejemplar de la revista Maintenant, escrita, editada y financiada por el propio Arthur Cravan
Ejemplar de la revista Maintenant

Para Arthur Cravan la literatura -y el arte en general- solo podía entenderse desde la perspectiva de la polémica que logra generar y de las llagas que es capaz de remover. Cultivaba algo así como la estética y la poética del escándalo. En el texto titulado “La Exposición de los Independientes”, el único incluido en el cuarto número de la revista, Cravan ensaya una de sus mayores piezas críticas, por sí misma merecedora de situar a su autor en un lugar destacado del arte de la polémica. Allí podemos leer: “Tienen ustedes que meterse en la cabeza que el arte es para los burgueses y yo por burgués entiendo: un señor sin imaginación. Queda claro; pero entonces, ¿me permite preguntarle por qué, despreciando la pintura, se molesta usted en hacer su crítica? Muy sencillo: si escribo es para hacer rabiar a mis colegas, y para dar que hablar y hacerme un nombre. Con un nombre se triunfa con las mujeres y en los negocios. Si yo tuviera la fama de Paul Bourget me exhibiría todas las noches en taparrabos en alguna revista de music-hall y les garantizo que sería un éxito de taquilla”. Después de proponer esta delirante imagen (por este tipo de imágenes Blaise Cendrars lo definió como “profeta del dadaísmo”), Cravan escribe: “¡hay artistas, me cago en Dios! Dentro de poco en la calle no veremos más que artistas y tendremos toda la dificultad del mundo para encontrar un hombre”.

 

El filo crítico y punzante de Maintenant dejó momentos de brillantez, como el famoso retrato que hace de André Gide, del que llegó a decir: “Monsieur Gide no tiene el aspecto de un hijo del amor, ni de un elefante, ni de varios hombres: tiene el aspecto de un artista; mas le haré este único cumplido, por lo demás desagradable: que su pequeña pluralidad proviene del hecho de que se le podría tomar muy fácilmente por comediante… sus andares delatan a un prosista que jamás podrá hacer un verso”. Parece ser que la animadversión hacia Gide provenía de la indiferencia que mostró el autor de Corydon cuando Oscar Wilde fue encerrado en la cárcel de Reading, principalmente por atentar contra la homofobia victoriana con sus amoríos con lord Alfred Douglas. El evidente parecido entre Cravan y Wilde, sumado a las habladurías sobre las relaciones que el autor del Retrato de Dorian Grey habría mantenido con las dos hermanas Lloyd, potencian la hipótesis del ajuste de cuentas. La polémica puede ser un subgénero de la venganza, y el retrato cruel de Gide no afectó más que al propio Gide, aunque se comenta que le afectó de forma profunda.

 

“La Exposición de los Independientes”, publicada en el número IV de la revista Maintenant, le granjeó muchos enemigos y produjo un revuelo considerable. Entre todos los afectados y aludidos, fue Guillaume Apollinaire el que reaccionó más airadamente, llegando incluso a desafiar a duelo a Cravan por insultar a su esposa, la pintora Marie Laurencin. El motivo del conflicto fue el siguiente pasaje: “A ésta le vendría bien que le levantaran las faldas y le metieran una gran… en alguna parte para enseñarle que el arte no es una posecita delante del espejo. ¡Ah!, ¡doñafinolis! (¡Cierra el pico!)”. Cravan, rechazando la invitación que le hiciera Apollinaire, le respondió con una carta donde se puede leer: “A fin de poner todas las cosas en su sitio y aprovechando la ocasión, quiero rectificar una frase cuyo espíritu podría prestarse a ciertos malentendidos. Cuando digo, al hablar de Marie Laurencin: A ésta le vendría bien que le levantaran las faldas y le metieran una gran… en alguna parte…, quiero en lo esencial se lea literalmente: A ésta le vendrá bien que le levantaran las faldas y le metieran una gran astronomía en el Teatro de Variedades”. Esta carta está incluida en un apéndice de la revista (Maintenant, IV, marzo-abril de 1914) bajo el título de “Primera clausura de un incidente”. La “Segunda clausura de un incidente” dice así: “Al haber tratado en mi artículo sobre ‘La Exposición de los Independientes’ aparecido en mi revista Maintenant a madame Suzanne Valadon de vieja zorra, quiero advertir al público que, contrariamente a mi afirmación, madame Suzanne Valadon es la virtud misma”.

 

En 1915, huyendo de la gran guerra en Europa, abandonó París para instalarse en Barcelona. Allí se ganaría la vida como profesor de boxeo en el Reial Club Marítim. El 23 de abril de 1916, con casi dos metros de altura, pesando 105 kilos y esgrimiendo el dudoso título de campeón de los semipesados de Francia, Arthur Cravan saltó al cuadrilátero en la plaza de toros Monumental de Barcelona, para enfrentarse al campeón del mundo, por entones el estadounidense Jack Johnson. Johnson estaba de gira por Europa con el fin de distanciarse de su país y enfriar un “escándalo” sexual que llegó a los Tribunales (grupos segregacionistas querían lincharlo por violar una ley que impedía “transportar mujeres de un Estado a otro con propósitos inmorales”, aunque en realidad estaban furiosos porque Johnson no dejaba ningún blanco en pie tras cada pelea, y mucho menos podían aceptar que quisiera llevar una vida de diversión, ostentación y riqueza como cualquier otro nuevo-rico blanco).

 

Su pelea en la Monumental de Barcelona fue todo un fiasco. Algunas fuentes comentan que Arthur Cravan apareció totalmente bebido en el ring; otros que el primer puñetazo de Jack Johnson, sin mucha intención, envió a Cravan a la lona, pero que tuvo que continuar porque Baños (que estaba rodando una película del combate) le indicó que no había grabado suficiente metraje; y otros que Cravan estaba tan asustado que le temblaban las piernas y que fue objeto de las burlas de Jack Johnson, quien en el sexto asalto acabó con la pantomima con un directo de derecha que dejó KO a Cravan. El publicó, iracundo, invadió el cuadrilátero exigiendo la devolución del dinero de las entradas. La situación comenzó a complicarse y Johnson se ofreció a realizar algunos combates de exhibición con algunos púgiles invitados al evento. La actitud de Johnson y el despliegue policial evitaron males mayores. Sin lugar a dudas, podría decirse que fue el combate más dadaísta de la historia.

 

En Diciembre de 1916, seguramente con el dinero que ganó en el combate contra Johnson, se embarcó en el buque Montserrat, rumbo a los Estados Unidos. León Trotsky, que viajó en el mismo barco, nos da la clave de los motivos del desplazamiento de Cravan: “Iban una cantidad considerable de desertores, y entre ellos un boxeador, escritor ocasional, que había elegido ir a enfrentarse a los yanquis en el noble deporte, evitando así ser machacado por un alemán desconocido”.


Una vez instalado en los Estados Unidos, Arthur Cravan no hizo más que hacer crecer el aura de polemista construido con Maintenant en París, donde además de la publicación había montado algunos números insidiosos que incluían ataques frontales al público y elogios a ladrones, homosexuales y locos, llegando a anunciar que se suicidaría en el transcurso de una de las conferencias, disparando al aire para sacar a la concurrencia de su cómodo tedio habitual… Cravan aplicaba el programa dadaísta antes de que fuese postulado: agitaba las conciencias de un entorno que pronto se zambulliría de cabeza en uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad. Llamado por Marcel Duchamp y Francis Picabia a disertar en el Salón de los Independientes de Nueva York, en 1917, sobre los artistas de ambos lados del Atlántico, Cravan practicó una de sus habilidades más desarrolladas: la conferencia-performance (polémica), improvisando un inestable y etílico striptease que provocó un escándalo entre la mojigatería local. Así recordaba Picabia cómo acabó el episodio: “Al haber sido interrumpida su deliciosa charla en los Independientes por un caso de fuerza mayor, el brillante conferenciante se propone terminarla en Sing Sing, la cita estival del Nueva York que se divierte”. Probablemente pensaba en otros objetivos al situar en primer plano una paradoja sangrante: el universo acartonado y conservador de las costumbres del siglo XIX, con sus correcciones e hipocresías, estaba metido de lleno en la más vertical disipación del valor de la vida conocida hasta entonces.


Mina Loy, en Nueva York conoció a Arthur Cravan
Mina Loy

Y allí, en aquel Nueva York que no dejaba de crecer hacia lo alto, donde todo parecía una aceleradísima película muda, Cravan encontró la horma de su zapato, su media naranja, el corazoncito y la belleza que le habrían de cautivar y poner, esta vez no era broma, contra las cuerdas: Mina Loy, poetisa alabada por T.S. Eliot y Ezra Pound, pintora, feminista devota de Isadora Duncan, cultísima, rompedora, valiente, sensual, bellísima, una de esas mujeres que se ponen el mundo por montera.


Un amor hecho fiebre, y que Cravan plasmó por escrito en Cartas de amor a Mina Loy. Se casaron en 1917. Tras su enlace, ambos se trasladaron a México, en donde malvivieron con los exiguos ingresos que conseguía él como profesor de boxeo y algún que otro combate. La situación se hacía insoportable (además, ella quedó embarazada) y planearon comenzar una nueva vida en Argentina. Mina Loy embarcó en Salina Cruz junto a una amiga. Cravan la seguiría más tarde en un pequeño velero acondicionado por él mismo. Loy partió hacia el sur embarazada. Según la versión más extendida y documentada, la nave de Cravan se hundió en algún punto del Golfo de México, aunque ni él ni los restos del naufragio aparecieron jamás. Mina Loy, tras esperarlo inútilmente en Buenos Aires, y no recibir noticias, se trasladó a Inglaterra para el parto. Diez años después de la desaparición de Cravan, Mina Loy respondió a un cuestionario publicado en The Little Review en mayo de 1929, y que, en dos contundentes respuestas, nos aproxima a lo que debió de ser su relación amorosa:


TLR: ¿Cuál ha sido el momento más feliz de su vida?

Mina Loy: Cada momento que he pasado junto a Arthur Cravan. 

TLR: ¿Y el más desgraciado? (Si quiere responder).

Mina Loy: El resto del tiempo.


Arthur Cravan  fue un precursor del comportamiento y del estilo, un disparate genial que decidió enfrentarse a cualquier convencionalismo. Decidió pelearse con todo y contra todos. Fue tan amado como odiado y jamás pasó desapercibido. Su breve vida conocida tiene en su misteriosa desaparición el perfecto final de fantasía, y a su leyenda ha contribuido la multitud de oficios terrestres ejercidos, la cantidad de ciudades por las que viajó y las variadas aristas de su compleja, ambigua y a veces contradictoria personalidad:


Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor;

Viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista, millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;

Cobarde, héroe, negro, mono, donjuán, rufián, lord, campesino, cazador, industrial;

Fauna y flora:

¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!

 

 

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